La mayor apuesta: Fusión nuclear, la energía de un futuro siempre esquivo

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La Unión Europea, Estados Unidos, Corea del Sur, China, Japón, India y Rusia están embarcados desde 2006 en la consecución del experimento ITER

Bianca Sandoval Treviño

 

Todos los esfuerzos que se han venido gestando en torno al desarrollo de nuevas tecnologías a partir de las cuales se pueda obtener energía libre de gases de efecto invernadero que  además reemplace efectivamente a los combustibles fósiles -cuyas reservas se sabe están en declive-, responden a una misma pretensión, la de mantener el status quo.

Desde la millonaria inversión destinada al Reactor Termonuclear Experimental Internacional, ITER por sus siglas en inglés, a través del cual se busca generar energía limpia e ilimitada a partir de la fusión nuclear, hasta el desarrollo y fabricación de los carros eléctricos y la instalación de parques eólicos y solares, pasando por la propuesta de utilizar al hidrógeno como combustible, todas estas iniciativas pretenden conseguir un mismo  objetivo, el de mantener el estilo de vida actual de desarrollo tecnológico y crecimiento económico basado en la producción, el consumo y el descarte.

La Unión Europea, Estados Unidos, Corea del Sur, China, Japón, India y Rusia están embarcados desde 2006 en la consecución del experimento ITER, cuyas instalaciones comenzaron a construirse en 2010. La agenda propuesta apunta al 2035 como el año en el cual tendrá lugar la prueba final: la fusión de átomos de deuterio y tritio. Se estima que para entonces, el proyecto habrá tenido un coste de 18,000 millones de euros y no se garantiza que tenga el éxito esperado, porque después de todo, se sabe que lo que se está implementando es un experimento.

Para la puesta en práctica del ITER, los científicos involucrados se enfrentan a serias dificultades técnicas entre las que destaca la inexistencia de un material  que sea capaz de soportar los enormes flujos de calor que se generarían en el proceso de fusión, pues de momento y a decir de Pedro Prieto: “no se sabe qué materiales pueden aguantar millones de grados de forma sostenida”.

En el improbable caso de que inventaran un material resistente a temperaturas de 100,000,000 de grados centígrados y en el hipotético caso de que lograran controlar la fuerza colosal que se desata con la fusión y que por tanto el experimento resultara todo un éxito, aún así y según sus propios promotores,   la comercialización del reactor como fuente energética estaría a unos 85 años de distancia, por eso es que a la fusión, un poco en serio y un mucho en broma, se le considera siempre como la energía del futuro.

Además, la eventual comercialización de los reactores de fusión se enfrentaría con los límites que el planeta impone y que son los mismos con los que se topa la energía solar, la eólica, los coches eléctricos y en general cualquier avance tecnológico.

Los materiales para construir los reactores se obtendrían de la minería que sabemos es una actividad muy destructiva del entorno natural. Además, el tritio sale del litio, un metal que se utiliza en la fabricación de las baterías de celulares, computadoras y recientemente en las de los autos eléctricos por lo que es seguro que su demanda aumentará en los próximos años con la subsecuente disminución de sus reservas que eventualmente alcanzarían su pico, tal como corresponde a todo recurso no renovable.

El proyecto ITER ejemplifica muy bien cómo es que la sociedad industrial intenta resolver el predicamento energético y climático actual apilando al combo tecnológico, artilugios cada vez más sofisticados e inoperantes, sin cuestionar el orden de cosas que nos está conduciendo a un colapso ecológico sin retorno.

Dado que el cambio climático no es ni con mucho el único y probablemente tampoco el mayor de los problemas ambientales que en estos momentos  enfrentamos, la apuesta por desarrollar energías limpias que sustituyan eficazmente a las fósiles -lo cual de momento es una fantasía- dejaría sin resolver una miríada de asuntos igualmente amenazantes y nada menores como la deforestación, la desertificación, la pérdida de biodiversidad, la contaminación del agua y del suelo provocada por la actividad minera y fabril y el agotamiento de la vida marina originado por la sobre explotación pesquera, entre muchos otros.

Más aún, si efectivamente un reactor como el ITER se pudiera comercializar en este preciso momento y brindara como promete, energía limpia e ilimitada a una sociedad cuyo sistema económico está anclado en la producción, el consumo y el descarte, el resultado sería la profundización de todas las problemáticas ambientales antes enunciadas.

Dado que la cantidad de energía disponible para la transformación y comercio de materias primas no tendría límite alguno, la expoliación y contaminación de los sistemas naturales se aceleraría exponencialmente dando como resultado un colapso ecológico fulminante con la consecuente desaparición de todo ser vivo sobre la tierra.

Ante tal súbito y desafortunado deceso quedaría que ni pintado un bonito epitafio cuya lapidaria frase seguramente sería: “Murieron de tanto éxito”.

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